Un gato en el pajonal

acia unos días que merodeaban por ahí; habían decidido establecerse en esa llanura verde que se mostraba como un lugar propicio para iniciar una nueva vida y donde el alimento, estaban seguros, no faltaría. Rodeándola, interrumpiendo, cada tanto, la sucesión de pastos húmedos y lustrosos, grupos de árboles de variadas alturas y especies diversas, se levantaban asegurando sombra y reparo para las lluvias.
Habían venido de lejos y, durante el inevitable camino hacia la elección del lugar definitivo, el descarte de muchos otros y la constante esperanza los había impulsado a continuar, a pesar del cansancio.
Con el correr de las horas, decidieron que el esfuerzo de la búsqueda lograba su premio y que este lugar bucólico del que hoy disfrutaban los compensaría con generosidad.
Aun en los momentos en los que el destino los puso a prueba varias veces, nunca habían perdido, ni ella ni él, la capacidad de elegir con serenidad, sin dejarse vencer, ni siquiera, por aquellos obstáculos que parecían insalvables; porque pertenecían a una raza que poseía el mandato genético y absolutamente paradójico de saber conformarse con lo mejor.
En eso estaban: tocando el paraíso apenas vislumbrado cuando, después de una lluvia de primavera, decidieron ir en busca de los materiales necesarios para afincarse. Comenzaron a recolectar ramas secas para los parantes y brotes tiernos y pastos suaves para el esponjoso final.
Sometidos como estaban a una actividad tan febril, a él no le extrañó la desaparición de ella, seguro de que, absorbida por la minuciosa tarea de selección, se habría alejado momentáneamente.
Se demoró en lo suyo, se distrajo; hasta que el demasiado tiempo transcurrido lo preocupó, haciéndole detener el acarreo para salir en su busca.
Primero la llamó, brevemente como solía hacerlo, con la certeza de oír la contestación inmediata. Al no obtenerla y segundos después de terminar de ubicarse en un lugar desde donde lograba la mejor visión de los alrededores, lo vio salir de entre unos pajonales y consideró (sintiendo que la piel comenzaba a erizársele de forma casi dolorosa) la posibilidad de que ese animal tan temido fuera el causante de la desaparición de su compañera.
La llamó de nuevo y calló. Se quedó escuchando y prestó atención al más mínimo sonido. Otra vez llamó y volvió a aguzar el oído. Nada; ninguna señal que le indicara donde poder encontrarla.
Se sorprendió temblando, el cuerpo preso por una sensación nueva que nunca había experimentado: la del descubrimiento de la posible soledad.
Emprendió una búsqueda desesperada, turbado, los latidos de su pequeño corazón acelerados de presagios. Más tarde, desfalleciente y creyendo perdido el esfuerzo halló, bajo las ramas de un arbusto, los signos inequívocos de aquello tan temido.
Sintió que la desesperación lo colmaba y la siguió llamando en forma estridente, con las pocas fuerzas que le quedaban, a los gritos, casi sin reconocer sus propios trinos y comenzando a aceptar, aun sin quererlo, la realidad de que nadie iba a responderle.
Continuó velando los restos de su compañera, incapaz de moverse, aterido por el frío que la noche convertía en rocío sobre sus alas, hasta comprender, con el primer sol, que estaba solo para siempre.
Entonces, decidió volar sin saber adónde.